Mensaje durante el Simposio convocado en Naciones Unidas por la Asociación Internacional de Bancos Cooperativos (ICBA) el 28 de mayo:

«Siento un gran entusiasmo por la realización de este simposio aquí, en la sede de las Naciones Unidas, básicamente porque es un lugar que representa la búsqueda permanente de diálogo entre los pueblos y la construcción colectiva de un mundo más justo y pacífico.

Antes de compartir algunas reflexiones sobre cómo vemos hoy, desde la Alianza Cooperativa Internacional, el rol del sector financiero quisiera agradecer a Bhima, a quienes componen el Board del ICBA, y a todas las organizaciones presentes por hacer posible este encuentro.

Quiero poner en valor que este encuentro que, sin lugar a dudas, es también fruto del gran trabajo realizado en estos últimos años bajo el liderazgo de Bhima, para revitalizar a esta organización sectorial y volver a ubicar a las finanzas cooperativas en el centro de las discusiones globales sobre desarrollo, democracia económica y sostenibilidad.

Estoy absolutamente convencido de que no se trata simplemente de un sector más dentro del movimiento cooperativo. Nuestras instituciones financieras son una herramienta estratégica para construir sociedades más equilibradas, más inclusivas y más pacíficas.

Hago hincapié en este último término porque, como saben, y a propósito de este escenario tan incierto y salpicado de agresiones y violencia que el Papa Francisco ya nos había advertido hace más de una década señalando que entrábamos en la Tercera Guerra mundial en cuotas, nosotros hemos elegido encarar este año nuestra conferencia global, que será en septiembre en Panamá, con la consigna de construir puentes y fortalecer nuestros aportes a un mundo en paz.

No es una consigna abstracta ni un ejercicio retórico. Tampoco pretendemos que sea el mero título de una conferencia. Es una necesidad urgente de nuestro tiempo que cada día tenemos que tener presente y poner en práctica.

Seguramente estamos de acuerdo en que la arquitectura financiera global es un callejón sin salida si no se asienta en pilares de cooperación, sostenibilidad y si no sirve a una actividad económica que tenga como norte el bien común.

Vivimos en un mundo atravesado por guerras, desigualdad extrema, concentración económica, crisis climática y creciente desconfianza social. Un mundo donde la violencia no aparece solamente en los conflictos armados, sino también en la exclusión cotidiana de millones de personas del acceso al trabajo, a la vivienda, al crédito, a la alimentación y a las oportunidades.

Mientras hablamos aquí sobre cooperación y desarrollo, el gasto militar mundial supera ampliamente los 2,4 billones de dólares anuales. Al mismo tiempo, cientos de millones de personas padecen hambre o inseguridad alimentaria severa, millones de jóvenes no encuentran empleo digno y enormes comunidades quedan fuera de los sistemas financieros tradicionales.

Ese contraste expresa una profunda crisis ética y política sobre el destino de los recursos de la humanidad.

Vuelvo a citar a mi compatriota Francisco, si me permiten: cuando gana terreno la “economía del descarte”, pierde terreno la vida, el ambiente y se degrada el tejido social necesario para que las comunidades y las naciones prosperen con equidad.

En otras palabras, el valor financiero se separa del valor humano, donde el dinero deja de ser un instrumento para convertirse en un fin en sí mismo.

Frente a este escenario, nuestra postura es clara.

Para nosotros, los mercados no son espacios anónimos gobernados exclusivamente por la especulación o el egoísmo. Los mercados son las transacciones que realiza la comunidad organizada para satisfacer sus necesidades.

Esa diferencia no es solamente conceptual. Tiene consecuencias concretas en la vida de millones de personas, y ustedes lo saben mejor que nadie.

Cuando una cooperativa financiera moviliza ahorro local para sostener producción local, está construyendo paz.

Cuando facilita crédito para viviendas, agricultura familiar, pequeñas empresas o infraestructura comunitaria, está construyendo paz.

Cuando permite que jóvenes emprendan, que mujeres accedan a herramientas financieras, que comunidades rurales permanezcan vivas y productivas, está construyendo paz.

Cuando el dinero circula para fortalecer el tejido social y no para destruirlo, estamos frente a una verdadera democratización financiera.

Por eso reitero, queridos colegas, que este encuentro tiene una vital importancia no solo desde lo teórico, desde lo conceptual, desde lo que podamos volcar en palabras aquí en estas jornadas, sino sobre todo desde lo práctico, porque lo que se propone aquí tiene que ser un verdadero llamado a la acción.

En efecto, nuestras comunidades no necesitan solamente más financiamiento. Necesitamos otro modo de financiar el desarrollo. Necesitamos instituciones arraigadas en los territorios, gobernadas democráticamente, comprometidas con las personas y capaces de combinar eficiencia económica con responsabilidad social.

Las instituciones financieras cooperativas ya hacen eso todos los días, pero es hora de duplicar el esfuerzo.

Es hora de salir más allá de nuestras propias fronteras, de multiplicar los lazos de intercooperación entre este y otros sectores y de aprovechar el notable posicionamiento que hemos logrado como movimiento a nivel internacional.

Esa es nuestra responsabilidad como líderes de organizaciones globales, que integran la particularidad de cada territorio para expresar una sola voz, una voz que exprese de manera contundente en los debates globales cómo y por qué venimos construyendo hace dos siglos un paradigma financiero asentado en valores y principios trascendentes, solidarios y humanistas.

Todo esto es posible, gracias a que miles de cooperativas financieras, bancos cooperativos, mutuales, cooperativas de ahorro y crédito… llevan adelante día a día una las experiencias más sólidas y extendidas de democracia económica en el mundo, siendo parte de la vida cotidiana de millones de familias, trabajadores, productores y comunidades.

Quiero aprovechar también esta jornada para invitar a que aprovechemos este impulso y la revitalización del ICBA para seguir avanzando también en el terreno regulatorio. Al fin y al cabo, de eso hablamos en gran medida cuando nos referimos a la arquitectura de las finanzas.

Necesitamos marcos regulatorios, nacionales y supranacionales, que comprendan y valoren nuestra identidad democrática, nuestra gobernanza participativa y nuestro compromiso con el desarrollo local.

Regular de igual manera a quienes especulan y a quienes reinvierten en sus comunidades no produce equilibrio; produce desigualdad.

Sabemos que defender la identidad cooperativa no significa pedir privilegios. Significa garantizar condiciones justas para que modelos económicos distintos puedan desarrollarse plenamente y aportar todo su potencial a la sociedad.

Potencial que, en nuestro caso, es enorme.

Actualmente las cooperativas representan alrededor del 10 % del empleo mundial y tienen presencia decisiva en sectores estratégicos como agricultura, salud, vivienda, energía, consumo y finanzas.

Pero además de su dimensión económica, las cooperativas aportan algo todavía más profundo: construyen confianza, que es uno de los bienes más escasos del mundo contemporáneo.

Confianza entre personas. Confianza entre comunidades. Confianza en que es posible organizar la economía de otra manera.

Las cooperativas financieras conocen esa realidad mejor que nadie, porque nacieron justamente para responder allí donde otros modelos excluían.

Para acercar crédito a quienes no lo tenían, para transformar pequeños ahorros en oportunidades compartidas, para convertir solidaridad en desarrollo.

Otro tema que nos preocupa y nos ocupa es el impacto de las nuevas tecnologías en el sistema financiero.

Debemos innovar, incorporar herramientas digitales, mejorar servicios y ampliar el acceso. Pero también debemos preguntarnos al servicio de qué proyecto social se desarrolla esa innovación.

Porque una aplicación financiera, por sí sola, no garantiza inclusión. Una fintech no es necesariamente más democrática simplemente por ser digital.

Si la única finalidad de la tecnología es captar un cliente más, estimular el consumo permanente o generar nuevas formas de endeudamiento y concentración de datos, entonces la innovación puede terminar profundizando las desigualdades que dice combatir.

La verdadera inclusión financiera no consiste solamente en abrir una cuenta desde un teléfono celular.

Consiste en que las personas puedan ejercer control sobre sus ahorros, acceder a crédito justo, participar de decisiones económicas y utilizar herramientas financieras para mejorar su vida y la de sus comunidades.

Sugiero hacer una atenta leída a la reciente encíclica de León XIV, que dice entre otras cosas respecto de la gestión de los datos, los algoritmos y las plataformas digitales, “no se puede dejar que pocos actores por sí solos orienten los procesos, sino que es necesario construir formas de cooperación que respeten los diversos niveles de la comunidad mundial y los hagan corresponsables del bien común.»

Por eso el cooperativismo financiero tiene una enorme responsabilidad en esta etapa histórica: innovar desde una matriz cooperativa. Incorporar tecnología sin abandonar nuestros valores. Modernizar servicios sin resignar democracia. Digitalizar procesos sin deshumanizar la economía.

Y para lograrlo debemos cuidar también que las tecnologías estén bajo nuestro control. Porque hoy el poder financiero y el poder tecnológico avanzan muchas veces de manera concentrada y simultánea.

Los datos, los algoritmos y las plataformas se han convertido en instrumentos de enorme influencia económica y social.

Si somos relegados a ser simples usuarios de tecnologías desarrolladas y gobernadas por otros actores, corremos el riesgo de perder autonomía y capacidad de decisión.

Para finalizar, quisiera recordar que, como hemos plasmado en 2019 en nuestra Declaración de Paz Positiva, la paz no es solamente ausencia de guerra. La paz también es acceso a derechos, participación democrática, igualdad de oportunidades y esperanza compartida.

Necesitamos movilizar recursos hacia aquellos lugares que más valor social generan.

Hacia la seguridad alimentaria.

Hacia el hábitat y la vivienda digna.

Hacia la transición energética y el cuidado del planeta.

Hacia la innovación con trabajo decente.

Hacia sistemas productivos que integren a las personas en lugar de expulsarlas.

El desafío no es solamente cuánto dinero moviliza la economía global.

El desafío es para qué y para quiénes se moviliza.

Seguiremos en problemas si enormes flujos financieros circulan diariamente alrededor de operaciones especulativas, mientras millones de personas todavía esperan un pequeño crédito para producir, estudiar, emprender o acceder a una vivienda digna.

El cooperativismo financiero demuestra que existe otra posibilidad.

Que la rentabilidad puede convivir con la solidaridad.

Que la eficiencia puede convivir con la democracia.

Que la innovación puede convivir con el compromiso territorial.

Y que las personas pueden ser protagonistas de las decisiones económicas y financieras que afectan sus vidas.

Esa visión está profundamente reflejada en la estrategia 2026-2030 de la Alianza Cooperativa Internacional, presentada el año pasado bajo el lema “Practicar, promover y proteger” la cooperación.

Dentro de esa visión y como motor de este plan, ustedes tienen un lugar decisivo.

Y por eso no vemos a este encuentro como un evento aislado en el calendario de este año, sino como parte de un camino más amplio que conecta Nueva York con Panamá, poniendo a las finanzas cooperativas como uno de los aportes fundamentales a un mundo en paz, con una visión que va aún más allá mediante el plan que tenemos hacia 2030 y un nuevo Año Internacional de las Cooperativas que conmemoraremos en 2035, gracias al reconocimiento de Naciones Unidas.

Ojalá estos hitos que tenemos por delante nos encuentren aun en mejor posición y, sobre todo, con muchos más resultados positivos no solo para nuestras organizaciones sino fundamentalmente para nuestras comunidades, para las cuales trabajamos todos los días.

Está en nuestras manos, queridos colegas, la responsabilidad histórica de que el cooperativismo, y el cooperativismo financiero en particular, sea definitivamente un pilar de un mundo más justo, más próspero, un mundo en paz.»