Presentación en el espacio cooperativo dentro de la COP30, cumbre ambiental de Naciones Unidas realizada en Belém, Brasil:
«Es un gusto compartir este momento con colegas y amigos brasileños como Roberto Rodrígues, Marcio Lopes de Freitas, José Alves, líderes que han trascendido las fronteras y han llevado la potencia del cooperativismo de este país al resto de la región y del mundo.
Saludo especialmente a todo el equipo de la OCB por el magnífico trabajo que han hecho tanto en Brasilia donde se ha llevado adelante la reunión del board de la ACI como aquí, donde se está poniendo al cooperativismo en un lugar protagónico a la hora de hablar de la cuestión climática.
Sabemos que esta región en particular donde estamos ahora representa, como pocas en el planeta, la interdependencia entre la naturaleza y la vida humana.
Aquí, donde los pueblos originarios han sabido convivir durante siglos en armonía con la tierra y con los recursos naturales, tenemos una oportunidad histórica de reafirmar que no habrá un futuro sostenible sin justicia social, sin equidad y sin cooperación.
Por eso, la presencia del cooperativismo en esta COP no es un hecho menor.
Es la confirmación de la necesidad de consolidar un modelo económico y social que ya viene demostrando hace 200 años que es posible producir, consumir y desarrollarse sin destruir, sin descartar, sin comprometer los recursos que necesitan las próximas generaciones para vivir dignamente.
En otras palabras, que la transición ecológica y la justicia climática no serán posibles sin formas de organización basadas en la solidaridad, la democracia y el compromiso con el bien común.
Este encuentro reviste un valor simbólico muy especial, porque marca el cierre de las celebraciones del Año Internacional de las Cooperativas en Brasil. Y hacerlo aquí, en el contexto de la COP30, tiene un enorme significado. Porque nos invita a mirar el camino recorrido y, al mismo tiempo, a proyectar nuestro compromiso hacia el futuro.
Durante este Año Internacional, hemos visto cómo el cooperativismo ha vuelto a ocupar un lugar central en las conversaciones globales sobre el desarrollo sostenible.
En distintos foros, desde Naciones Unidas hasta la economía real de nuestras comunidades, se ha reconocido el aporte de las cooperativas para enfrentar los grandes desafíos de nuestra era: la pobreza, la desigualdad, la exclusión, la inseguridad alimentaria y, por supuesto, la crisis climática.
Las cooperativas no son actores nuevos en esta conversación. Desde sus orígenes, han nacido como respuestas colectivas a los problemas sociales y ambientales de su tiempo.
En el campo, en las ciudades, en los servicios, en la energía, en las finanzas, en la vivienda y en el cuidado, las cooperativas han demostrado que la gestión democrática de los recursos y la participación activa de las comunidades son el camino más seguro hacia la sostenibilidad.
En este sentido, el modelo cooperativo encarna los tres pilares del desarrollo sostenible definidos por las Naciones Unidas: el económico, el social y el ambiental. Y lo hace no como una teoría, sino como una práctica cotidiana.
En miles de territorios, las cooperativas gestionan energías renovables, impulsan la agroecología, promueven el consumo responsable y sostienen economías locales resilientes frente a crisis globales.
En América Latina, y especialmente en Brasil, esto se expresa con enorme fuerza. El movimiento cooperativo brasileño ha demostrado que es posible conjugar productividad con preservación, crecimiento con inclusión.
Esa experiencia tiene hoy un valor incalculable. En un momento en que el mundo busca acelerar la transición hacia una economía verde, el cooperativismo ofrece una vía práctica y probada para hacerlo sin reproducir los desequilibrios que nos han traído hasta aquí.
La transición energética, la seguridad alimentaria, la gestión sostenible del agua y la biodiversidad necesitan más cooperación, más inclusión, más democracia económica.
En efecto, estamos convencidos de que la Agenda de Acción Climática que impulsa esta COP30 encuentra en el movimiento cooperativo un aliado natural.
Porque las cooperativas no se quedan en las declaraciones: transforman las decisiones en prácticas reales, sostenibles y participativas.
En todos los continentes, millones de cooperativistas ya están implementando soluciones concretas frente al cambio climático —desde la producción de energías renovables y la agricultura de bajo impacto, hasta la gestión comunitaria del agua y los ecosistemas—.
Esa capacidad de traducir los compromisos globales en acciones locales es lo que convierte al cooperativismo en un motor clave para la implementación práctica de la acción climática.
Cuando se habla del Objetivo Global de Adaptación, se pone en juego la capacidad de las comunidades para enfrentar las consecuencias del cambio climático con resiliencia, organización y justicia.
Y eso es, precisamente, lo que hacen las cooperativas. En regiones rurales y urbanas, en países desarrollados y en desarrollo, las cooperativas ofrecen herramientas colectivas para adaptarse a escenarios extremos: financian la reconstrucción de territorios afectados, aseguran la producción alimentaria sostenible, fortalecen redes de apoyo social y garantizan la continuidad de servicios esenciales.
La adaptación no puede imponerse desde arriba; debe construirse desde la base, y ahí las cooperativas tienen una experiencia insustituible.
El fortalecimiento del multilateralismo, otro de los pilares de esta COP, también tiene un eco profundo en nuestra identidad cooperativa.
El movimiento cooperativo mundial nació del convencimiento de que los grandes desafíos sólo se pueden resolver mediante la cooperación entre las personas, los sectores y las naciones.
La Alianza Cooperativa Internacional, con presencia en más de cien países, es un ejemplo concreto de gobernanza multilateral basada en la solidaridad, la convivencia democrática, la unidad en la diversidad…
Reforzar el multilateralismo es, en definitiva, reforzar la cooperación, y el cooperativismo puede ofrecer su experiencia histórica en construir consensos, articular intereses diversos y transformar la competencia en colaboración.
Finalmente, la conexión del régimen climático con la vida cotidiana de las personas es quizás el punto más cercano a la esencia del cooperativismo.
Porque las cooperativas trabajan donde las personas viven, producen, estudian y cuidan. La acción climática, para ser efectiva, debe sentirse en el barrio, en la escuela, en la cooperativa agrícola o de crédito, en la comunidad energética.
Y ahí está nuestro aporte más concreto: hacer que la transición ecológica no sea una abstracción, sino una experiencia compartida, visible y transformadora.
El cooperativismo es, en este sentido, una traducción práctica del espíritu de la COP30. Lleva a la acción los valores de cooperación, equidad y sostenibilidad que inspiran a este proceso multilateral.
Si queremos que la acción climática llegue realmente a las personas, debemos confiar en las organizaciones que ya trabajan junto a ellas, que conocen sus necesidades y que comparten sus sueños. Esa es la fuerza del movimiento cooperativo, y esa es también la esperanza que traemos a esta conferencia.
Estamos aquí, en definitiva, para ofrecer esa esperanza. Para aportar la experiencia, el conocimiento y, sobre todo, los principios y valores que distinguen a nuestro modelo socioempresarial, de manera que podamos seguir construyendo puentes entre los sectores productivos y las comunidades, entre la economía y la ecología, entre el presente y el futuro.»